¿Cómo está la botella?
Artículo
de opinión.
La
palabra ilusión ha sido una de las palabras más usadas actualmente
dentro del entorno valencianista, si bien es cierto que de tanto
usarla y manosearla ha adquirido significados distintos para cada uno
de los valencianistas, la mayoría de las veces que salía a pasear
dicha palabra era por su ausencia, convirtiéndose en desilusión.
En
numerosas ocasiones y en distintos actos en los que ha comparecido el
presidente del Valencia, Manuel Llorente, ha sacado la palabra
ilusión en sus discursos para añadirla a la botella del
valencianismo, como recipiente donde depositarla. “Yo esa botella
de ilusión a la que hago tanta referencia ya la tengo llena de
ilusión” “Cuando
se inicie la temporada la botella estará llena”.
Tal
vez, no se ha tenido en cuenta que esa hipotética botella no es de
un tamaño estándar para todo el valencianismo y que, al poder ser
de distintos tamaños, costará más o menos llenarla, en función de
los litros de ilusión que tenga que llenar cada valencianista. Por
otro lado, la capacidad de generar ilusión para cada valencianista
no es la misma, hay quienes generan ilusión a litros y hay quienes
lo hacen a centilitros.
Si
bien es cierto que el valencianismo, por cuestiones de edad, ha
tenido distintos recorridos dentro de los éxitos y fracasos del
Valencia, preocupa que el nexo de unión esté en torno a la palabra
ilusión. Desde los veteranos curtidos en mil batallas ganadas y
perdidas, pasando por los que atravesamos a una edad temprana la
travesía del desierto de los 80 y 90 sin ningún título que
echarnos a la ilusión, hasta las nuevas generaciones criadas a la
sombra de la abundancia de títulos del Valencia del doblete.
Tal
vez el problema no esté en las generaciones que hemos caído
atrapados por los colores de un escudo y, a pesar de los pesares,
seguiremos siendo del Valencia. El problema estará en la cantera de
la afición, la cual viendo el panorama actual y con el duopolio
impuesto por los medios, ejercerá una fuga de sentimiento hacia
otros colores distintos a los nuestros.
El
psicoanalizar la situación actual por la que está pasando el
valencianismo es una tarea ardua, complicada y, en gran medida,
subjetiva. Aunque hay que reconocer que todas las causas que incitan
al pesimismo no son del Valencia y su entorno.
Hay
factores externos al Valencia que, en cierta medida, están
influyendo al fútbol en general. La poca competitividad que se está
viviendo en la mal llamada Liga de las estrellas producida, entre
otras cosas, por las desigualdades económicas entre equipos de la
Liga española e incluso comparándola con las mejores ligas
europeas. Esto está matando poco a poco a la gallina de los huevos
de oro. Sin ir más lejos, y valga como ejemplo, la mayor emoción de
la temporada pasada en la Liga española se produjo en la parte baja
de la clasificación, donde hasta la última jornada no se supo qué
equipos descendían. El campeón de Liga se podía prever desde hacía
meses.
Aunque
ha habido esfuerzos dentro del Valencia por revertir la situación
mediante videos promocionales y diversos actos que pretendían llegar
a la fibra sensible, evocando a símbolos sagrados dentro del
valencianismo, la crisis de fe continúa. Tal vez estas acciones
tuvieron un efecto inmediato, pero la vorágine del día a día las
ha ido eclipsando.
La
actualidad del día a día del Valencia es el mayor asesino de
ilusión. Y no es porque los medios locales no hayan tenido “un
trato amable” con la delicada situación social, económica y
deportiva por la que está pasado el Valencia y su entorno. En un
mundo tan globalizado no basta con eso. Las redes sociales y el poder
acceder a cualquier contenido de medio mundo han mostrado “la otra”
realidad.
La
percepción generalizada con la que se está quedando gran parte del
valencianismo en esta pretemporada no está siendo todo lo positiva
que debería. Detrás de cada titular hay una cara B llena de
detalles que va limando cualquier resquicio de ilusión.
Mientras
tanto, el valencianismo se refugia en la nostalgia de tiempos
mejores. Sus ganas de que el balón parara de rodar la temporada
pasada es inversamente proporcional a las ganas de que el balón
empiece a rodar esta nueva temporada.
La
apariencia de calma chicha del día a día, el hermetismo y el
silencio en determinadas voces autorizadas en los momentos críticos,
cuando la afición tiene crisis de fe, enmascaran una realidad de
tensión contenida y de “meninfotismo” entre el valencianismo.
El
fútbol, y concretamente ser del Valencia, es algo irracional que no
se decide con el cerebro, por lo que a pesar de los pesares
seguiremos siendo del Valencia y esperaremos a que vengan tiempos
mejores donde la botella rebose ilusión y... ¿por qué no esta
temporada?
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3 comentarios:
Muy buen artículo. La ilusión no es algo que se gana hablando, sino demostrando que puedes hacer un gran equipo y que tienes una idea de grandeza en la que la afición se sienta identificada.
9:52 PMSer del Valencia es irracional, pero como bien dices para que te atrape el sentimiento, tienes que sentir algo, una pizca de realidad, como son jugadores que se dejen la piel, un crack que haga genialidades y una entidad al completo que tenga un proyecto común y unos objetivos ambiciosos.
Mientras tanto esperaremos a que la casualidad consiga lo que no puede la directiva, darnos ilusión de títulos.
Saludos Toni!
Genial artículo Toni.
2:12 AMMi botella, en sentido figurado, está ahora mismo al 50%, ya que el yin y el yang ché se encargan por sí solos de equilibrar la balanza. Que un presidente hable de ilusión con la boca llena y sin pudor, de manera libre, y a la vez siendo consciente del malestar de gran parte del valencianismo, deja entrever que nos trata como pura plebe, intentando narcotizar los ánimos y pensamientos de los más rebeldes, de los exigentes, de los que molestan a su plan de ejecución netamente económico.
Esto es un club de fútbol, el VCF significa deporte, no empresa (que también lo es), por eso cuesta cargar la mochila de ilusión cuando ves que la faceta deportiva está en segundo plano desde hace mucho tiempo, cuando tus mejores jugadores, esos por los que sientes cosquilleo en el estómago, tienen la etiqueta de 'transferible' desde el minuto 0, cuando son tratados como mera mercancía, un producto rentable para sanear la cuentas a costa de mermar buenas sensaciones del aficionado, del socio, del que paga religiosamente su abono y entrada para ver a SU EQUIPO jugar, por el que sufre y por el que goza. Hace tiempo que el romanticismo se esfumó de la entidad de Mestalla, y eso es algo muy complicado de recuperar, y con este panorama, más.
Lo dicho, aunque las decisiones no nos gusten, el amor a este escudo nada lo puede reprimir, somos marionetas, de raciocinio intransferible e inalterable, pero marionetas al fin y al cabo.
Muchas gracias a los dos.
6:52 AMToni.
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